Ofrendas de Olor Grato

1 de febrero de 2026Deisy Martínez

Dios recibe ofrendas que nacen de la fe y del corazón, no de la rutina. Desde Abel hasta Cristo, la Escritura muestra que lo que agrada al Señor es la calidad, la integridad y el amor con que nos acercamos a Él.

La vida con Dios no es un trato frío ni una costumbre religiosa. Es una relación real, viva, cercana. Y cuando hay relación, hay expresión de amor. El corazón busca agradar. El alma aprende a decir: “Señor, ¿qué te deleita? ¿Cómo puedo abrazar tu corazón?”

Desde Génesis hasta Apocalipsis, el Señor habla de ofrendas, de presentes, de sacrificios. No como un tema secundario, sino como un lenguaje del vínculo: una forma de acercamiento. Si este tiempo es un tiempo de intimidad con Dios, entonces conviene volver a lo esencial: conocer qué recibe el Señor con agrado y qué rechaza, aunque parezca “correcto” por fuera.

Ofrenda: un acercamiento, no un trámite

La Escritura usa palabras distintas para hablar de ofrenda, y cada una ilumina un matiz del corazón.

  • Korban: ofrenda o sacrificio, con la idea de acercarse. Ofrendar es presentarse; es dar un paso hacia Dios.
  • Minjá: ofrenda de grano, regalo, tributo. Una dádiva que expresa gratitud y reconocimiento.
  • Terumá: ofrenda sagrada, apartada para Dios.

En Génesis 4:3–4 se describe el primer escenario: dos hombres se acercan a Dios con un presente. Caín trae del fruto de la tierra. Abel trae de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo. Y el texto declara algo que debe estremecernos: Dios miró con agrado a Abel y a su ofrenda.

Aquí aparece una verdad que atraviesa toda la Biblia: Dios no solo mira lo que se entrega; mira el corazón con que se entrega.

Abel y Caín: cuando la fe hace la ofrenda excelente

Muchos discuten qué faltó en Caín. Pero la Escritura trae una luz clara en Hebreos 11:4: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín”.

La excelencia no nace del espectáculo ni del volumen; nace de la fe. Abel no se limitó a un gesto superficial. Trajo lo primero, lo más precioso. Y su entrega fue más allá de un presente: tuvo carácter de sacrificio. En su acto se deja ver una convicción profunda: sin derramamiento de sangre no hay remisión. Su ofrenda habló de sustitución, de reconocimiento de pecado, de dependencia de la misericordia de Dios.

Esa fe no fue improvisada. La fe crece en comunión. Abel vivía una relación real con Dios: una amistad, un diálogo. Por eso parecía saber qué tocaba el corazón del Señor. Abel entendió algo que después brillaría con plenitud: la ofrenda verdadera apunta a Cristo, al sacrificio perfecto.

Caín, en cambio, aunque entregó “algo”, no aparece con el peso espiritual de la fe ni con la marca de la excelencia. La ofrenda no trae calificativos. Y cuando el corazón es indiferente, la entrega se vuelve solo “fruto” y nada más: sin profundidad, sin reverencia, sin búsqueda del agrado de Dios.

¿Para qué ofrendamos?

En el mundo, los regalos se dan por muchas razones: para celebrar, agradecer, fomentar vínculos, incluso por interés. Pero el Señor no forma su pueblo para una cortesía vacía. Las ofrendas que Dios establece en su Palabra tienen un propósito santo: fortalecer el vínculo de amor con Él.

Ofrendar es decir con hechos:

  • “Te reconozco.”
  • “Te agradezco.”
  • “Te adoro.”
  • “Me acerco a ti.”

Y para el creyente hay una comprensión indispensable: Dios es dueño de todo y nosotros somos administradores. Nada de lo que damos nace primero de nosotros; proviene de su mano.

Ofrendas en la Escritura: diversidad con un mismo principio

El Antiguo Testamento muestra muchos tipos de ofrendas, cada una con propósito claro:

  • Holocaustos: sacrificios consumidos totalmente, símbolo de devoción total.
  • Ofrendas de paz y comunión: celebraciones de relación con Dios, vínculo familiar, gozo compartido.
  • Ofrendas por el pecado y la culpa: el reconocimiento de la necesidad de expiación.
  • Primicias y ofrendas de grano: reconocimiento de provisión y dependencia.
  • Diezmos: apartar para Dios la décima parte.
  • Ofrendas voluntarias: nacidas del corazón, más allá de lo mínimo.
  • Ofrendas para los necesitados: cuidado por el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero.

El punto no es memorizar categorías como si fueran teoría. El punto es entender el corazón de Dios: no presentarse con manos vacías, no vivir una relación que pretende recibirlo todo sin entregar nada.

Cuando Dios se cansa: la ofrenda vana

Hay un pasaje que sacude: Isaías 1:11–14. Dios dice que está hastiado de sacrificios, de holocaustos, de incienso; declara abominación lo que antes Él mismo había ordenado.

¿Significa eso que Dios abolió las ofrendas? No. Significa algo más serio: su pueblo había olvidado cómo agradarlo. Tomaron lo santo y lo hicieron rutina. Entregaban por cumplir, no por amar. Traían lo defectuoso, lo enfermo, lo sobrante. Como si se pudiera conquistar a alguien con flores marchitas.

Dios no rechaza la ofrenda porque sea “material”. La rechaza cuando es mediocre, mezquina, sin corazón, sin temor reverente.

Cómo se presentan ofrendas de olor grato

La Escritura no deja este asunto a la intuición. Hay luz clara para el pueblo de Dios.

Voluntad y alegría

2 Corintios 9:7 lo declara: “Cada uno dé como propuso en su corazón… no con tristeza ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

La ofrenda que agrada a Dios no nace de la presión. Nace de una decisión interna: “Lo hago porque te amo. Lo hago porque quiero agradarte.”

Proporción y calidad

Dios no valora la ofrenda solo por la cantidad, sino por la proporción y la calidad del corazón. Por eso Jesús exaltó a la viuda que dio dos monedas: ella dio todo lo que tenía. El Señor mira la entrega, no la apariencia.

Integridad y obediencia

No puede haber ofrenda grata con un corazón torcido. Si hay ofensa pendiente, si hay injusticia deliberada, la Palabra llama a arreglar primero y después presentar. El Señor busca integridad. Las ofrendas de quienes practican la maldad no le agradan.

Y aquí vuelve la figura de Caín: una ofrenda sin calidad y sin fe, marcada por indiferencia. Abel, en cambio, dio lo primero y lo mejor. No lo sobrante. No lo último. Lo primero.

La gran diferencia: la ley obligaba, la gracia responde

En la ley, el pueblo tenía la obligación de presentar ofrendas para ser aceptados. Había una estructura estricta. Pero en Cristo aparece una verdad gloriosa:

No ofrendamos para ser aceptados. Ofrendamos porque hemos sido aceptados en el Amado.

Esto cambia el fundamento del corazón. La ofrenda deja de ser moneda de cambio y se vuelve respuesta de amor. Cristo mismo es la ofrenda más excelente: el Padre dio lo mejor, dio a su Hijo. Y en esa entrega se ve cómo se presenta una ofrenda: con amor, con totalidad, con integridad perfecta.

¿Dios necesita nuestras ofrendas?

Dios no necesita nada para seguir siendo Dios. Pero en una relación de pacto, el amor se expresa. Y si el Señor habla de un pueblo que se prepara como esposa, ¿cómo imaginar un vínculo sin presentes, sin entrega, sin reciprocidad?

La ofrenda no es solo dinero. Puede ser vida, corazón, trabajo, talentos, dones, tiempo, bienes. Es decir: “Todo lo que soy te pertenece.”

Y aquí hay una convicción que libera: cuando Dios pide algo, es porque primero Él lo dio.

1 Crónicas 29:14 lo expresa con claridad: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos.”

Qué hace Dios con nuestras ofrendas

Dios recibe la ofrenda como una expresión íntima entre Él y el creyente. Y también la usa para extender su obra en la tierra.

Para levantar y sostener su obra

En Éxodo 35:21–29 se ve un pueblo movido por voluntad: hombres y mujeres llevando oro, plata, madera, piedras; mujeres trabajando con sus manos; corazones voluntarios para el tabernáculo. Dios no solo mira el objeto: mira el corazón estimulado.

Para responder necesidades y multiplicar provisión

En 2 Reyes 4:42–44, en tiempos de hambre, alguien trae panes de primicias. Y Dios multiplica: comen cien y sobra.

En Juan 6:9–13, un muchacho ofrece cinco panes y dos peces. El Señor pudo hacer llover pan. Pero quiso usar lo que alguien tenía en su mano. Multiplicó, alimentó multitudes y sobraron doce cestas.

Dios trabaja con lo que su pueblo entrega. Y cuando Él quiere bendecir, muchas veces dice: “Dame lo que tienes en tu mano.”

Intimidad que aprende a agradar

Hay una frase que resume el rumbo del corazón: la intimidad comienza con conocimiento. Conocer qué agrada al Amado.

Jesús lo dijo de forma directa: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Amar no es solo decir; amar es obedecer. Amar es aprender qué le deleita a Dios y caminar en ello.

La reciprocidad: paz para un corazón que confía

La Escritura también muestra que el Señor responde con bendición, provisión y paz. Pero el cierre del alma no es codicia; es descanso.

Por eso la Palabra concluye con un llamado a la confianza:

Mateo 6:31–33 dice que no nos afanemos por comida, bebida o vestido; el Padre sabe lo que necesitamos. Busquemos primero el reino y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura.

La vida de ofrenda lleva a esa paz: a la shalom de un corazón ordenado. Un corazón que no se aferra a lo material, que no vive como el joven rico, triste porque su tesoro era su dinero. Todo lo que tenemos es efímero; todo proviene del Señor; todo puede ponerse a su servicio.

Llamado final: una vida como ofrenda de olor grato

El Señor no busca vanas ofrendas. Busca un corazón que adore, un corazón sincero, un corazón alegre, íntegro y obediente. Busca un pueblo que no le entregue sobras, sino lo primero; que no ofrende por necesidad, sino por amor; que no cumpla por costumbre, sino por comunión.

Cristo ya lo dio todo. Él nos amó primero. Por eso la respuesta correcta no es mezquindad ni frialdad, sino rendición:

Señor, toma mi vida como ofrenda.
Toma mi corazón, mi trabajo, mis fuerzas, mis talentos, mis bienes.
Enséñame a agradarte. Límpiame. Endereza mis motivaciones.
Que mi entrega no sea rutina, sino adoración.
Que mi ofrenda sea de olor grato delante de ti.

Y al caminar así, el alma aprende a descansar. El Padre sabe lo que necesitamos. Busquemos su reino. Vivamos en integridad. Ofrendemos con fe. Y que todo lo que somos declare: Dios es digno.

#ofrendas#adoración#fe#integridad#generosidad#Levítico#Abel#Caín#diezmo#servicio