El Juicio Final y la Misericordia de Dios

21 de enero de 2026Carlos RuedaN/A

Apocalipsis revela un día inevitable: el Gran Trono Blanco y la apertura de los libros. La misericordia de Dios hoy llama al arrepentimiento, y su justicia perfecta demanda una fe viva que persevera en obediencia y comunión con Jesús.

La Palabra nos llama a prepararnos para el encuentro con el Señor, para que cuando Él venga nos halle ocupados en lo que agrada a Dios: una vida despierta, firme, rendida, y llena de buenas obras. No se trata de acumular información; se trata de caminar de manera diferente, con el corazón alineado con el cielo, porque Cristo viene y todo lo creado se moverá ante su presencia.

La Escritura no es un adorno para días tranquilos: es la lámpara para tiempos finales. Y si el mundo se apresura hacia su propio rumbo, el pueblo de Dios es llamado a mantenerse en el rumbo del Señor.

El Gran Trono Blanco: el día en que los libros se abrirán

“Y vi un gran trono blanco… y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos… y fueron juzgados… según sus obras” (Apocalipsis 20:11–15).

El juicio del Gran Trono Blanco viene después del reinado milenial de Cristo. El texto lo presenta con una solemnidad que estremece: la tierra y el cielo huyen, y no se halla lugar para ellos. Todo lo temporal pierde su suelo; toda criatura comparece.

Allí no habrá excusas, ni atajos, ni maniobras. Ese trono es blanco: imagen de pureza, santidad y justicia absoluta. Un juicio sin corrupción, sin favoritismos, sin parcialidad. Y esto revela algo que muchos dicen amar, pero pocos entienden: Dios es bueno.

Porque si un juez fuera corrupto, el culpable estaría tranquilo: siempre habría “arreglos”. Pero si el juez es bueno y justo, el culpable tiembla, porque nada queda impune. La bondad de Dios no es permisividad: Dios no tendrá por inocente al culpable. Y precisamente por eso, su justicia es esperanza para la historia: los crímenes, las violencias, las maldades y las injusticias no quedarán sin respuesta.

Obras: no compran salvación, pero sí revelan la fe

El texto repite una frase que no permite evasión: “según sus obras”. Algunos menosprecian las obras, pero la Escritura es clara: “la fe sin obras es muerta” (Santiago 2). Las obras no son la moneda con la que se paga la salvación; son el fruto que evidencia que la salvación ha llegado.

Dios salva por gracia, pero esa gracia levanta una vida obediente. La fe verdadera avanza. La fe verdadera camina. La fe verdadera produce obediencia. No para “ganarse” el cielo, sino porque el cielo ya comenzó a gobernar el corazón.

Y por eso el llamado es serio: un día habrá libros abiertos. Y un día, también, habrá un libro decisivo: el Libro de la Vida.

La majestad del que está sentado en el trono

Antes de considerar el juicio, la Palabra nos obliga a mirar al Juez. Job declara: “En Dios hay una majestad terrible” (Job 37:22). Y cuando el Señor responde a Job desde el torbellino, no le rinde cuentas como si Dios debiera justificarse; le muestra su grandeza:

“¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?” (Job 38).

Dios pone límites al mar. Ordena a la creación. Sostiene el universo por su voluntad. La naturaleza obedece; el universo se rige por leyes divinas. Y, sin embargo, el ser humano insiste en rebelarse. Pero Dios sigue sentado en su trono. No ha cambiado. Es inmutable. Desde el comienzo hasta el fin, hay Uno gobernando.

Y cuando Job comprende esto, confiesa: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven… por eso me arrepiento” (Job 42). La visión de la majestad de Dios produce un fruto sano: humildad, arrepentimiento, rendición.

Misericordia hoy, juicio después: el arcoíris que ya no aparece

Juan vio en Apocalipsis 4 un trono y, alrededor, un arcoíris semejante a la esmeralda: señal de misericordia. Pero en Apocalipsis 20, al hablar del Gran Trono Blanco, esa imagen ya no aparece.

Esto enseña una realidad solemne: hay un tiempo para la misericordia y un tiempo para el juicio. Hoy hay llamado, perdón, paciencia, oportunidad. Pero llegará el día en que no habrá más prórroga, no habrá más “después”, no habrá más aplazamientos.

La salvación no se debe dejar como apuesta al último minuto. El arrepentimiento no es un susto, ni una emoción pasajera; es un giro real: no un círculo que termina en el mismo lugar, sino un cambio de dirección que se evidencia con frutos dignos de arrepentimiento. La fe no se improvisa en la última curva: se cultiva caminando con Cristo.

Gracia y obediencia: la Torá como instrucción y camino

Hay un error doctrinal que ha hecho mucho daño: imaginar que la gracia cancela la obediencia. Pero la gracia no es lo contrario de la ley; lo contrario de la gracia es la desgracia, y lo contrario de la ley es la ilegalidad.

La Palabra “ley” (Torá) no es una cadena; es instrucción y camino. Es el amor de Dios expresado en dirección. Por eso Jesús resumió la voluntad del Padre en amor a Dios y amor al prójimo, y dijo que de esos mandamientos cuelga toda la ley. Quien ama no roba; quien ama no miente; quien ama no mata; quien ama no adultera. El amor se vuelve obediencia, y la obediencia revela el amor.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

La gracia perdona, restaura y abre la puerta; pero luego enseña a caminar en el camino del Señor. Y si el libro de deuda fue borrado por el Mesías, entonces la vida nueva debe escribirse con pasos nuevos.

Perseverar hasta el fin: fe en Jesús y mandamientos de Dios

Yeshúa advirtió que la maldad se multiplicaría y el amor de muchos se enfriaría. ¿Por qué? Porque se multiplica la anomía: vivir “sin ley”, sin obediencia a la Palabra. Cuando se rompe la obediencia, se rompe el amor: hacia Dios y hacia el prójimo.

Pero la Escritura manda: “El que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13). Y Apocalipsis lo define con precisión:

“Aquí está la perseverancia de los santos: los que guardan los mandamientos de Dios y la fe en Jesús” (Apocalipsis 14:12).

No es una cosa o la otra. Es fe en Jesús y obediencia a los mandamientos de Dios. Sin la Palabra, ¿qué se va a obedecer? Y sin comunión con Cristo, ¿de dónde vendrá la fuerza para obedecer? Por eso la vida cristiana es una perseverancia sostenida por el Espíritu, anclada en la Escritura, orientada a la santidad.

El mar, el perdón y el conocimiento de Dios que llenará la tierra

El texto de Apocalipsis declara que “el mar entregó los muertos que había en él”. Y la Escritura usa el mar con connotaciones profundas: lugar de caos, profundidad, y también figura de aquello que necesita ser cubierto.

Miqueas proclama: “Echará a lo profundo de la mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19). Dios perdona de verdad: sepulta la iniquidad y la arroja donde no se puede recuperar.

E Isaías anuncia un tiempo glorioso: “La tierra será llena del conocimiento de Adonai, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Cuando el conocimiento de Dios llene la tierra, la obediencia se volverá el ambiente natural del reino; no habrá daño en el santo monte porque el gobierno de Dios estará sobre todos.

Ese panorama revela una belleza: el perdón y el amor de Dios cubren multitud de pecados, y el conocimiento de Dios transforma el mundo.

Arrepentimiento: el mandato universal antes del día establecido

La conclusión apostólica es clara:

“Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17:30–31).

Hay ignorancias que ya no pueden sostenerse cuando la luz llega. Cuando el Señor revela su voluntad, ya no es tiempo de excusas: es tiempo de arrepentimiento. Dios estableció un día. Ese día no se negocia. Ese día no se posterga.

Dios lo ve todo. Sus ojos están sobre toda la tierra. Hay lugares donde Dios no se complace ni se manifiesta con aprobación, pero nada escapa a su conocimiento. Y si todo será juzgado, entonces todo debe ser rendido.

Tribunal de Cristo y Gran Trono Blanco: juicio y galardón

La Escritura también habla de un tribunal donde los justificados reciben recompensa. Habrá galardones. No será igual el camino de quien vivió en fidelidad y obediencia que el de quien vivió en mediocridad espiritual. La salvación es por gracia, pero el galardón reconoce la fidelidad.

Y el Gran Trono Blanco, en cambio, se presenta como juicio definitivo: libros abiertos, sentencia final, separación irrevocable. “El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:15). Son palabras duras, pero son Palabra de Dios, y su propósito no es alimentar morbo, sino producir temor santo y despertar del alma.

Cierre: caminar hoy bajo la misericordia, antes de que llegue el día del juicio

Cristo viene. Y si se habla de paz y seguridad, la Escritura advierte que no toda “paz” es paz: la paz verdadera nace de la justicia, y la justicia viene de Cristo y de obedecer su Palabra.

Por eso, la respuesta correcta no es el miedo paralizante, sino la obediencia perseverante. Buscar intimidad con Dios. Volver a la oración. Abrazar la Escritura como instrucción y camino. Vivir una fe con obras. Guardar los mandamientos de Dios y la fe en Jesús. No endurecer el corazón. No dejar el arrepentimiento para “después”.

Dios sigue sentado en su trono. Su misericordia hoy llama. Su justicia viene. Y el llamado permanece abierto mientras hay vida: arrepiéntanse, vuelvan al Señor, y caminen con Él con fidelidad hasta el fin.

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