Cómo estudiar la biblia y hacer un devocional
La Palabra de Dios no fue dada para quedar cerrada, sino para ser escudriñada, obedecida y vivida. Al abrir la Escritura con reverencia y método, el Señor alumbra el corazón, corrige el rumbo y despierta propósito para caminar en su voluntad.
La Biblia no es un adorno. Es el manual de vida que el Dios vivo dejó para guiar, confrontar, consolar y formar a su pueblo. Muchos han abierto las Escrituras con sinceridad y, aun así, se han quedado en silencio preguntándose: “¿Por dónde empiezo? ¿Qué tiene esto que ver conmigo? ¿Dónde está Cristo aquí?”. Esa lucha no es extraña, pero tampoco debe volverse costumbre.
El Señor no solo llama a su iglesia a leer; la llama a entender, a guardar y a vivir su Palabra. Y cuando el corazón se rinde ante Dios, la Escritura deja de ser letra lejana y se vuelve voz cercana: dirección para el día a día y luz para el propósito.
Por qué estudiar la Biblia
Estudiar la Palabra tiene frutos concretos:
Primero, para entender la voluntad de Dios. El corazón que no vuelve a la Palabra termina tomando decisiones a oscuras, guiado por emociones, tendencias o ruido.
Segundo, para evitar malas interpretaciones. Cuando la Escritura se maneja sin cuidado, se puede torcer el sentido, sacar un versículo de su lugar y convertirlo en pretexto. La Biblia no fue escrita “por pedacitos”; Dios dio una revelación completa, con contexto, propósito y unidad.
Tercero, para crecer espiritualmente. El crecimiento no se sostiene con entusiasmo pasajero, sino con verdad sembrada con constancia.
Un fundamento: leer con contexto y reverencia
La Palabra debe hablar primero por sí misma. No se abre la Biblia para obligarla a decir lo que uno ya piensa; se abre para someter la mente y el corazón a lo que Dios realmente dijo.
Por eso el contexto es clave: histórico, cultural, gramatical y aun el sentido original de algunas palabras. Un texto fuera de contexto puede volverse un pretexto. Y cuando el contexto se honra, la Escritura se abre con claridad y sobriedad.
Si es posible, conviene invertir en herramientas sencillas: una Biblia de estudio o un diccionario bíblico. No para reemplazar al Espíritu Santo, sino para servir con orden al entendimiento.
Una metodología práctica para estudiar: PARDES
Una forma útil para profundizar es avanzar por niveles de interpretación, como quien excava tesoros con paciencia. PARDES significa “paraíso”, y el corazón del estudio bíblico no es la curiosidad intelectual: es volver al camino de Dios, a su voluntad, a su vida.
1) Peshat: el nivel literal
Aquí se busca qué dice el texto. Sin forzar conclusiones. Sin allegorizar antes de tiempo. Simplemente se atiende con humildad a los hechos, al relato, a lo evidente.
Un ejemplo precioso está en Lucas 1:26–38. El ángel Gabriel visita a María en Nazaret. Ella halla gracia delante de Dios. Se anuncia el nacimiento de Jesús: será grande, Hijo del Altísimo, y su reino no tendrá fin. María pregunta “¿cómo será esto?”, y la respuesta viene clara: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti… porque nada hay imposible para Dios”. Y la fe se expresa sin evasivas: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”.
Para afinar el nivel literal ayudan preguntas observacionales:
- ¿Qué pasó?
- ¿Cómo pasó?
- ¿Cuándo pasó?
- ¿Dónde pasó?
- ¿Quiénes participaron?
Esto ordena el corazón y evita la interpretación apresurada.
2) Remez: sombras, figuras y paralelos
En este nivel se buscan conexiones bíblicas: promesas, figuras, simbolismos, cumplimiento profético. La Escritura se interpreta con la Escritura.
Lo anunciado a María no aparece aislado. Isaías 9 declara que no habrá oscuridad para siempre; “el pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz” (Is 9:2). Y el corazón de esa luz es una Persona: “Porque un niño nos es nacido… y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Is 9:6). Luego se afirma que lo dilatado de su imperio y de la paz no tendrá límite (Is 9:7).
Aquí la fe toma esperanza: los reinos humanos suben y bajan, pero el reino de Dios es eterno. Cristo no es un evento pasajero; es el Rey cuyo dominio no termina.
3) Derash: lecciones morales y principios espirituales
Ahora el texto empieza a preguntarle al corazón: ¿qué quiere Dios que yo haga? La Biblia no solo se estudia; se vive.
Preguntas devocionales que deben acompañar cada lectura:
- ¿Hay un mandato que obedecer?
- ¿Hay un ejemplo que seguir?
- ¿Hay un pecado que evitar?
- ¿Qué me impresiona más del texto?
- ¿Cuál es la idea principal?
En Lucas 1 la enseñanza es clara: Dios llama, revela, confirma y capacita. Y ese llamado viene con propósito.
Dios tiene propósito para su pueblo. No es solo para “los líderes” o “los que están al frente”. Antes de formarte, Dios ya te conocía (Jer 1:5). Él no improvisa contigo. En su libro estaban escritas las obras y los días que serían formados (Sal 139:16). Por eso la Escritura declara: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano” (Ef 2:10).
Pero el propósito de Dios muchas veces parece imposible. María misma preguntó “¿cómo?”, y la respuesta del cielo fue una llave: no es si tú puedes; es si Dios puede. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti… porque nada hay imposible para Dios” (Lc 1:35–37). Por eso la vida de fe se sostiene en dependencia: “No es con ejército ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zac 4:6).
Y el Señor da su Espíritu con dirección: “Recibiréis poder… y me seréis testigos” (Hch 1:8). El propósito no es solo sentirse bien; es vivir para dar testimonio del Evangelio y caminar en obediencia.
4) Sod: el misterio que Dios abre al corazón
Hay ocasiones en que una palabra se vuelve lámpara personal. En Lucas 1 aparece la expresión “concebirás… y darás a luz”. Ese “dar a luz” habla de traer a la realidad lo que Dios depositó.
Dios pone la semilla del propósito, pero el creyente debe protegerlo y, en obediencia, darle luz. Hay propósitos guardados por años, callados por miedo o postergación. Pero Dios llama a avanzar.
No se protege un propósito viviendo igual que antes. Así como una madre cuida su embarazo, el creyente cuida lo que Dios le confió: se abstiene de cargas innecesarias, corta conversaciones dañinas, pone límites, suelta entornos que contaminan, y decide caminar distinto. No por legalismo, sino por reverencia: lo que Dios te dio es santo.
La respuesta que abre camino: “Hágase conforme a tu palabra”
La fe no es teoría; es obediencia rendida. “He aquí la sierva del Señor” muestra una postura: humildad. La humildad no es apariencia ni pobreza; es dependencia del corazón. Jesús llamó a aprender de Él, manso y humilde de corazón (Mt 11:29).
Luego viene la disponibilidad: “Heme aquí”. El llamado de Dios no se honra con excusas interminables. La postergación se roba años. El doble ánimo vuelve inconstante al hombre (Stg 1:8). Un año diferente requiere constancia, disciplina y compromiso, aun cuando el ánimo no acompañe.
Después aparece la obediencia: “Hágase”. La fe sin obras es muerta (Stg 2:17). Hay momentos en que ya no es tiempo de solo hablar: es tiempo de avanzar. Dios le dijo a su pueblo que avanzara, y el mar se abrió cuando caminaron. El Señor obra mientras el obediente da pasos.
Y sí: el llamado trae oposición. A María no le esperaba un camino fácil. El propósito de Dios puede implicar presión, lucha y valentía. Pero el que llama también sostiene.
Cómo proyectarse en el propósito de Dios
Dios guía con claridad cuando el corazón se alinea con Él. Hay pasos que la Palabra afirma:
-
Intimidad en oración. “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas” (Jer 33:3). El propósito nace en la presencia de Dios.
-
Conocer la Palabra. María entendía el tiempo de visitación; la fe se alimenta de verdad.
-
Desarrollar los dones con sabiduría. Proyectarse sin discernimiento es caminar hacia tropiezos. La vida debe ordenarse delante de Dios.
-
Comunidad y congregación. “En la multitud de consejeros hay sabiduría” (Pr 11:14). Nadie fue llamado a vivir como rueda suelta; el Señor forma un pueblo.
-
Dar pasos de obediencia. Hay que escribir metas con claridad y caminar en ellas. El Evangelio no se anuncia solo con intención: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio” (Mr 16:15). El Señor confirma a los que creen y caminan.
El fruto de vivir en el propósito: Dios es glorificado
Cuando el propósito de Dios se cumple, el resultado no es gloria humana. Es adoración.
María misma respondió con alabanza: “Engrandece mi alma al Señor… porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso” (Lc 1:46–49). Y su cántico muestra la obra de Dios: exalta a los humildes, derriba soberbia, muestra misericordia, cumple sus promesas (Lc 1:50–55).
Caminar en el propósito trae frutos claros:
- Dios es glorificado.
- Otros son bendecidos.
- El corazón halla satisfacción plena al vivir para aquello para lo cual fue llamado.
Llamado final
Hoy la Palabra deja una invitación sencilla y firme: tomar la Biblia con seriedad, estudiarla con orden, y responderle a Dios con fe.
Que el corazón aprenda a decir con verdad: “He aquí tu siervo… he aquí tu sierva”. Que se apague la voz de la excusa y se levante la voz de la obediencia. Que el propósito no quede guardado, sino que sea protegido y llevado a la luz bajo la cobertura del Espíritu Santo.
Porque nada hay imposible para Dios. Y cuando el Señor llama, también capacita. Amén.